20 mar. 2014

Soy un desastre emocional.

Soy tristeza.
Soy noche.
Soy alcohol.
Soy sangre.
Soy río.
Soy dolor.
Soy insomnio.
Soy hielo.
Soy color.
Soy sombra.
Soy ceniza.
Soy ardor.
Soy cuchilla.
Soy hueso.
Soy locura.

Soy caos en su completo significado. Ya ni me sé expresar.

La suerte está echada


Qué sentir cuando todo te da vueltas. cuando no sabes por donde coger el mantel para que nada que haya sobre el se caiga, se rompa y todo quede hecho añicos. Poco a poco la tensión aumenta y tambalean todas esas frágiles copas. El agua del florero se desborda con cada tirón que se le pega. Tiembla y suena pero nada se llega a caer. Siempre en continua tensión.
Dura y fría es la situación, todo está congelado, tanto que hasta puedes oír como se va formando el hielo. Crruje y aumenta. Es un sonido de estos sordos que se te corta la respiración, propio de las escenas de suspense, un sonido hueco, duro y oscuro que se repite en tu mente una y otra vez llegando a confundir si lo que escuchas es real o es pura imaginación.

¿Ahora qué es lo que tengo que hacer? Todo me da vueltas, sigo sosteniendo ese mantel, con la punta de mis dedos, entre mis callosas yemas curtidas del aguante. Hace ya tiempo que ya no sangran. Ya lo hicieron una vez pero han aprendido la lección y las gotas no caen al vacío. Una gran corteza de cicatrices y durezas las cubren pero sin embargo, aún recuerdan ese dolor intenso, de hecho, lo están viviendo de nuevo. ¿Ahora qué deben de hacer? Al fin y al cabo, pasará, se olvidará y se endurecerán de nuevo, pero mientras duele, y duele tanto que es imposible soportarlo psíquicamente.
Mareos, vómitos y náuseas. Muchas náuseas. Miro los vasos, toda la comida bien servida, casera, hecha con amor, elaborada tras largas horas de horno. Los ingrediente puestos en su sitio, cuidados hasta el más mínimo detalle. Es precioso.
Un comensal se sienta a la mesa, le encantan todos los colores que se funden con ese intenso aroma apasionado mezclado con chispas de un blanco infinito, puro e inocente. Él está encantado. Sus ojos brillan e incluso llora de la alegría. Encontró todo lo que buscaba.
Se dispone a comer, un tirón de mantel. Pincha con su tenedor, un tirón de mantel. Corta cuidadosamente cada uno de sus bocados y un tirón de mantel. Él busca el agua, ya no hay tirón de mantel... El agua, el elemento fundamental que un comensal sediento necesitaba, no estaba. Prece que quedaba algo por ahí, de mala calidad, pero no es presentable.
Ahora todo está perdido, la oportunidad de mi vida en un plaf se fue. Ahora estoy entre tirar, romperlo todo, hacer añicos la vajilla, la comida deliciosa, el vino y los cubiertos.
Soltar no me servirá de nada.
No sé qué hacer o cómo sentirme. Soy algo inestable que al parecer no tiene dotes para poner una simple mesa bien puesta. Aturdida sin rumbo y sin poder expresarme. Lo que me vale es el silencio. Mi gran amigo el silencio. Siempre con él. Juntos nos comprendemos: me da calor, me abraza, me mima, me seca mis ríos, me da música y a la vez escucha mi alma.
Silencio.
Sí, permaneceré en silencio hasta que el comensal se largue. No ofreceré nada más. Cuando se vaya, entrará alguien, no encontrará agua y se irá. Así será mi vida. Como un tren seré en el que muchas personas se subirán, y se bajarán. Seré vehículo y me olvidarán.
Hay que reprimirse, no hay más. Ahora lo dicho está.